24 octubre 2013

Mujeres al borde del abismo

Por Mercè Rivas Torres

Son muchas las mujeres que viajan en barcazas hacia Europa solas o acompañadas de sus hijos. Al llegar son rechazadas o simplemente enterradas. Tienen nombres y apellidos y una vida que han tenido que dejar atrás.

El diputado vasco Juan María Bandrés repetía a menudo cuando era presidente de CEAR (Comisión de Ayuda al Refugiado) que hay algo peor que ser inmigrante, negro y pobre en la Gran Vía de Madrid: ser la mujer del negro. Y tenía razón porque a la condición de desarraigo, pobreza y discriminación hay que añadir la de ser mujer. Muchas han sido las que por razones económicas o de persecución política han tenido que abandonar sus países, desde hace décadas.

El 30 de agosto de 2004 Saida se levantó despacio de la cama para no hacer ruido en su ciudad de Agadir (Marruecos). No quería despertar al resto de su familia, ya que si alguien se enteraba de sus intenciones, todos sus sueños se irían a pique.

La noche anterior había preparado a escondidas una pequeña bolsa en la que llevaba un vestido, ropa interior y la foto de su novio, Abdel, de diecisiete años al igual que ella. Detrás de un pequeño retrato se podía leer una dirección: carrer de la Constitució 5. Mataró. Barcelona.

Sentada todavía en la cama, tomó el retrato y lo acarició. Mirándolo fijamente, le dio un beso y le dijo en voz baja:

-Muy pronto estaremos juntos.

Saida y Abdel eran novios desde los nueve años. Desde entonces no se habían separado ni un solo día. Iban a la misma escuela y vivían en el mismo barrio de Agadir, en la Kasbah, al norte del puerto, en una de las pocas zonas antiguas que quedaban en esa ciudad marroquí dedicada al turismo de sol y playa.

Compartían los mismos amigos y gustos, pero ahora, desde hacía unos meses, estaban separados. Entre los planes de Abdel figuraba trabajar como electricista en un hotel mientras su mujer cuidaría de la casa y los hijos….pero sus planes se torcieron una tarde del mes de enero, cuando paseando por los acantilados rocosos del norte de Agadir, Saida le dijo que se había quedado embarazada. En ese mismo momento con lágrimas en los ojos y abrazado a ella, Abdel tomó la decisión de emigrar.

-No tengo trabajo ni dinero y algo tengo que hacer para manteneros a ti y al bebé- gritaba desesperado Abdel.

El 2 de septiembre de 2004 a las 12 del mediodía se comenzaban a reunir en los alrededores de la prisión de Tetuán un grupo de jóvenes, hombres y mujeres con la intención de embarcarse en una patera camino de España.

Y ahí estaba Calixta dando vueltas frente a la puerta de la prisión mirando fijamente al suelo en silencio, como ausente.

-No me gusta hablar- comentó Calixta a otra compañera de viaje. Hacía mucho tiempo que Calixta había perdido las ganas de casi todo, pero sobretodo de hablar, de tener que dar explicaciones a desconocidos.

Consideraba que lo que le estaba pasando era humillante. No podía asimilar cómo había pasado de ser una mujer feliz, enraizada en una comunidad, en un país, en una familia numerosa de posición social alta, a ser una mujer que se encontraba sola en un país extraño, a sus cuarenta años, intentando subir clandestinamente a una barca para llegar a España.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?- le preguntó ingenuamente una de las chicas.

-Huyendo de la muerte, de la guerra, del odio. Pero a Calixta le molestaba tanta conversación, tanta pregunta, tanta camaradería. No soportaba tener que compartir un viaje tan degradante con gente seguramente más joven que ella, con menos estudios. Con unos “muertos de hambre” pensaba ella, que no habían conocido lo que era su casa, su familia, su vida, su universidad de Kigali (Ruanda).

Calixta ya no tenía sueños. Se habían agotado meses atrás cuando perdió todo lo que tenía. Cuando vio cómo su familia se dividía en dos por problemas políticos y como poco a poco se fueron enfrentando hasta llegar a la muerte, al asesinato. Jamás podría olvidar la imagen de sus padres muertos en el jardín de su casa de Kigali, una preciosa mansión blanca rodeada de flores y plantas que ella misma cuidaba en sus ratos libres. Ni la cara de dolor de su hermana, asesinada, porque había tenido la errónea idea de enamorarse de un vecino hutu, compañero de colegio.

Calixta, desesperada y casi enloquecida, se refugió junto a un compañero de trabajo en la Universidad donde daba clases de filología inglesa. Los dos huían de las matanzas.

Ahí comenzó su huida, hasta llegar sola a Tetuán. Y allí, junto a la Plaza de la Prisión, Nazihz la observaba atentamente mientras se secaba sus manos sudorosas de forma compulsiva. La joven de Chouen tenía los ojos vidriosos y atemorizados. Recordaba lo mal que le había salido su primer intento de llegar a España pero siempre había algo peor: algunos vecinos suyos habían muerto en el mar, otros habían sido detenidos por la Guardia Civil y deportados a Marruecos de nuevo.

Sentada junto a Calixta no podía dejar de recordar una noche del mes de julio, cuando embarcó en una patera con otras nueve personas. Tras pasar varias horas en el mar, sin ver nada más que una oscuridad total y escuchando el chapoteo de la barca, el hombre que dirigía expedición les dijo que ya habían llegado a España.

Pero cuál fue la sorpresa de Nazihz y de sus amigos cuando al salir el sol se dieron cuenta de que no estaban en España, sino en la larga playa de Cabo Negro, al norte de Tetuán. No habían salido de Marruecos.

Estas mujeres existieron, unas superaron la aventura pero otras no. Era el año 2004 y sus vidas junto a la de otras mujeres y hombres fueron reflejadas en la novela Vidas (Ed. La Galera) que publiqué justo un año después.

Han pasado 8 años y mujeres como Calixta, Nazihz o Saida siguen subiendo a diario en una barcaza jugándose la vida y viendo como la vieja Europa les cierra sus puertas.

Ahora son Fátima, Shirim o Boushra y llegan de Siria, de Libia o de Egipto a las playas de Lampedusa, de Malta o de España y Europa las sigue rechazando. A las que llegan muertas se las rifan para enterrarlas y hacerles un homenaje. Las que sobreviven son consideradas delincuentes.

La vieja Europa a pesar de su cultura y su democracia sigue siendo egoísta, intolerante y xenófoba. Ahora rechazan a los que hace unos años animaban a venir a Europa a trabajar en los peores empleos. Mano de obra barata, sí. Inmigrantes o refugiados, no.

Su preocupación es enviar navíos militares para interceptar las barcas pero son incapaces de sentarse a reflexionar dónde está el problema de origen y cómo solucionarlo. Europa jugó un papel deplorable en las revueltas de Siria y Egipto. Les dejó solos y ahora nos llegan sus ciudadanos huyendo de las masacres.

Fuente: El País

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