11 octubre 2013

Primero soy mujer. Luego quizá sea madre… o no

Por María Fernández

-Rápido, ¿Los bomberos? ¡La iglesia se está quemando…!
- Eh, sí, es aquí, pero mira, te comento… Este cuerpo de bomberos y bomberas es ateo y por unanimidad ha decidido acogerse a su derecho de objeción de conciencia y no apagar más fuegos de iglesias…Lo sentimos mucho… Deseamos que tenga un buen día…

El derecho a abortar, o en definitiva, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, se ha convertido en la gran reivindicación del movimiento feminista, el grito de rabia por nuestra plena autonomía. Y no nos cansaremos de gritar, porque éste es un problema que jamás ha sido resuelto.

El camino es pedregoso y escarpado. Cuando una mujer decide abortar dentro del Estado español debe antes sortear una serie de obstáculos de muy diversa índole: primero deberá ser capaz de superar una cultura opresiva que le intentará convencer acerca de su incapacidad para tomar una decisión como esta y de lo bonito que es ser madre; después deberá enfrentarse a los defensores de la “vida”, pero no de la suya; y por último, tendrá que encontrar un médico o médica a quien su moral le permita realizar intervenciones de este tipo.

Pero no hay que preocuparse, porque todos estos quebraderos de cabeza van a desaparecer gracias a la anunciada reforma de la ley del aborto capitaneada por el Ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón. ¿Pero por qué ahora? ¿Por qué el PP presenta una ley del aborto que implica una involución de treinta años en lo que a legislación e ideología se refiere?

La argumentación central es la protección y el derecho a la vida del “no nacido”: “el feto volverá a tener derechos durante el embarazo”. Y aquí nos tropezamos con la primera gran paradoja de todo este asunto. Resulta sorprendente que el Gobierno enfoque el problema desde esta perspectiva cuando todos los recortes que están llevando a cabo suponen un atentado a las condiciones físicas, sociales y mentales de quienes ya están viviendo esta vida: recortes en sanidad, educación, ley de dependencia…

Gallardón también dice realizar esta reforma para evitar los embarazos no deseados y apoyar la maternidad. La primera cuestión podría ser tratada mediante un programa de educación sexual; campañas de fomento del uso del preservativo y métodos anticonceptivos; tratamiento naturalizado del tema, etc. No obstante, el Gobierno ha quitado la educación sexual de las agendas escolares y ha decidido retirar la píldora del día después de medicamentos cubiertos por la Seguridad Social. Resulta, además, muy curioso que en este país una menor de edad tenga libertad absoluta para ser madre, pero no se le otorgue los mismos derechos para poder abortar.

En lo que respecta al apoyo a la maternidad, ¿de qué maternidad estamos hablando? Recordemos que hace unos meses la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato, hizo pública su intención de dejar fuera del programa público de reproducción asistida a parejas de mujeres lesbianas y madres solteras. Como ella dijo: “La falta de varón no es un problema médico”.

Por último, la nueva ley prevé la supresión del supuesto de malformación del feto, por el derecho a la no discriminación de las personas con diversidad funcional. Y nos volvemos a dar de frente con otra paradoja: si tanto les preocupa la vida de estas personas, a qué responde los recortes salvajes y continuos de los recursos destinados a este sector de la población y las personas que les cuidan. Pensemos en la casi inexistente ley de dependencia, que no garantiza el cuidado de las personas ni el medio en el que viven.

Si por más que buscamos no encontramos una correspondencia entre lo que el Gobierno dice querer y lo que luego hace, ¿a qué responden en realidad sus argumentos? Responden a una ideología muy clara, de la que el PP y la Iglesia católica se muestran una vez más fieles guardianes. El objetivo de todas estas medidas es reforzar, proteger y perpetuar un modelo familiar heteropatriarcal, en donde la mujer primero es madre, y luego es mujer. Un modelo sexista y falocéntrico, con una marcada división sexual del trabajo, e impuesto a las mujeres con suma violencia. En definitiva, un modelo cuyo objetivo es alimentar y sustentar al sistema capitalista, y que nos recuerda diariamente que el principal papel de las mujeres en esta sociedad es el de producir y reproducir mano de obra con la que seguir nutriendo el engranaje de un sistema que comienza a oxidarse.

Hay dos cuestiones fundamentales. El derecho al aborto no es una imposición, es un derecho, lo que significa que no obliga a nadie. Y lo segundo, y más preocupante de todo esto, es que el hecho de penalizar el aborto no va a suponer una reducción del número de interrupciones voluntarias del embarazo. En 1976 (período al que vamos a retroceder si finalmente se aprueba la ley anunciada por Gallardón) en el Estado español se realizaron 300.000 abortos clandestinos, en los cuales murieron 3.000 mujeres.

Por todo lo anterior, exigimos el derecho a abortar con dignidad, y sin ser criminalizadas por ello. Nosotras, las feministas, no descansaremos hasta que llegue el día en el que cualquier mujer de este planeta pueda decir con la cabeza bien alta: “Yo aborté”.

Fuente: En Lucha

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