13 noviembre 2013

Genero y crisis

Por Maria Pereira

La crisis económica y financiera iniciada en los Estados Unidos a finales de 2008, se extendió afectando a las instituciones financieras y las economías de todo el mundo. Los efectos inmediatos se han hecho sentir en la calidad de vida y el bienestar de las poblaciones. Sin embargo la crisis no afecta a todas y todos de la misma manera, ni encuentra a todas las personas en la misma situación. Las mujeres presentan una mayor vulnerabilidad ante la crisis debido a la desigualdad de género existente a nivel global.

Así, tanto las políticas que contribuyeron a generar la crisis, como las que se diseñan para la recuperación, tienen impactos diferenciados sobre mujeres y hombres y sobre los distintos grupos sociales en función de su clase socio-económica, origen étnico-racial, discapacidades, ámbito rural-urbano, etc. Por eso es fundamental prevenir y advertir sobre los posibles impactos de género y proyectar políticas que incorporen esta perspectiva tanto en su diseño como evaluación, para evitar profundizar las desigualdades y contribuir a la igualdad.

La participación femenina en el mercado laboral caracterizada por el subempleo, la inestabilidad, la falta de cobertura de la seguridad social y los bajos ingresos, y sus extenuantes dobles y triples cargas laborales, muestran el mapa de la desigualdad en el trabajo y el empleo entre mujeres y hombres, que debe ser tenido en cuenta a la hora de planificar y diseñar medidas anti-crisis.

Los problemas estructurales como la exclusión social, la inequidad, la pobreza, la desigualdad de género o la deficiente capacidad del Estado, se revelan con más fuerza en las crisis económicas. En este contexto es importante tener en cuenta que las políticas macroeconómicas que intentan minimizar los efectos de las crisis y fomentar la recuperación económica, tienen impactos diferenciados sobre mujeres y hombres. El enfoque de género no debe limitarse a las políticas sociales como si el objeto de éstas fuera amortiguar o compensar los efectos perniciosos de las políticas macroeconómicas (Espino / PNUD, 2009).

Los ajustes y medidas de austeridad implantadas en crisis anteriores agudizaron los índices de pobreza y la falta de equidad en los ingresos, lo cual condujo a una polarización social (Beneria, 2003). Las mujeres fueron afectadas desproporcionalmente tanto en el mercado laboral como en su vida cotidiana, a consecuencia de los recortes del gasto público y sus efectos sobre los servicios sociales relacionados con el cuidado, ya de por si escasos.

Dado que las mujeres han desarrollado históricamente el trabajo reproductivo y se han responsabilizado de la manutención y cuidado de la familia, han hecho frente a la crisis a través de la flexibilización de su tiempo de trabajo y la consecución de recursos para la sobrevivencia de la familia. Por ello es importante que aprendamos de experiencias pasadas y que las políticas de corto plazo que se diseñen para paliar los efectos de la actual crisis, no comprometan los objetivos a largo plazo como la igualdad de género.

La persistencia de la segregación de género por ramas de actividad y ocupaciones genera riesgos diferenciados para mujeres y hombres. Según la OIT (2009), durante los 9 rimeros meses de 2009, el aumento del desempleo impactó más a los hombres que a las mujeres, dado que los sectores más afectados fueron la industria manufacturera y la construcción, que son precisamente donde se concentra de forma intensiva la mano de obra masculina.

Sin embargo, la disminución de la actividad de la maquila y zonas francas derivadas de la contracción de la actividad en Estados Unidos, ha agravado la situación de desempleo femenino, dada la especial participación de ellas en este sector. En 2008, lo empleos directos generados por la maquila en Centroamérica eran 411.502 y al finalizar el año, la industria textil perdió 51.538 puestos de trabajo, con una disminución promedio del 13,5%. El 65% de las personas que perdieron el trabajo fueron mujeres (Espino / PNUD, 2009).

Ante la caída del empleo asalariado formal, la fuerza de trabajo ha buscado salidas en el sector informal, generando un aumento notable en entre 2008 y 2009. Es en este sector donde encontramos mayor número de mujeres (57.1% de mujeres frente a 51% de hombres), debido a la persistencia de los obstáculos que impiden el acceso igualitario de las mujeres al empleo formal.

Pero además, las mujeres se ubican en las categorías más rezagadas y precarias del sector informal, en ocupaciones por cuenta propia de baja productividad o en el servicio doméstico de los hogares, donde nueve de cada diez ocupados carecen de acceso a la seguridad social (OIT, 2009).

Diferentes Estados han fomentado la obra pública como vía para la creación de empleo, generando impactos positivos en la mano de obra masculina. Sin embargo, no se han registrado medidas específicas dirigidas a la creación de empleo en los sectores en los que predomina femenino (CEPAL, 2009).

La desaceleración económica de Estados Unidos perjudicará a la población inmigrante de América Latina y el Caribe, que se ha ido feminizando en los últimos años. Las mujeres han migrado de forma independiente, llegando a constituir la mitad de quienes migran por razones laborales y que contribuyen con sus remesas a la reducción de la pobreza de muchos hogares de los países emisores (CEPAL, 2007). Ellas se insertan en el sector servicios como mano de obra no especializada y son responsables de una parte importante del trabajo de cuidado en Norteamérica y Europa.

Es esencial involucrar a las mujeres y a todos los grupos sociales afectados por la crisis, para hacer frente a la misma, a través de medidas creativas y conscientes de los diferentes impactos de género, que vayan de la mano de los compromisos internacionales con la igualdad de género, los derechos humanos y el empoderamiento.

Fuente: Ameco Press

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