09 noviembre 2013

La brecha de género en la era digital

Por Modesto Emilio Guerrero (*)

Hace pocos días, en la ciudad de Santo Domingo, 200 mujeres de 56 países se congregaron en la duodécima Conferencia Regional Sobre la Mujer en América latina y el Caribe. Esta vez, la preocupación fue la creciente diferencia de género dentro de la conocida brecha digital de nuestro tiempo.

El punto de partida de las reuniones y encuentros, como del documento rector de Santo Domingo, fue un dato simple: las mujeres en condiciones laborales usan los recursos de la red internet en su trabajo 8,5 por ciento menos que los hombres.

Para que esta cifra no se convierta en un artificio estadístico, hay que recordar el peso humano que significa laboral y socialmente en una población de casi 150 millones de mujeres que tiene la región.

Si se considera que casi la mitad de ellas aún no acceden al mercado laboral y que son las peores pagas en los lugares de trabajo, además de ejercer los oficios de menor valor tecnológico (servicios básicos en salud, oficinas, fábricas y educación, amas de casa y prostitución), el resultado es tan simple como el dato disparador de este asunto: 8,5 por ciento de brecha tecnológica entre ambos géneros coloca a casi 70 millones de mujeres adultas en la lamentable posición de tener negado el acceso a un mercado laboral cada vez más determinado por el uso de internet.

Además de que sus ingresos serán menores, esa desigualdad en el conocimiento se reproducirá cada año a escalas mayores, por la sencilla ecuación social de que a menor capacidad de consumo familiar, la posibilidad de capacitación tecnológica se reducirá al mínimo.

Los informes de la XIIª Conferencia Regional sobre la Mujer de América latina y el Caribe fueron reveladores para comprender esta perspectiva de segregación social.

Casi la mitad de las mujeres de la región latinocaribeña, o sea, cerca del 50,9 por ciento de una población total de 300 millones de personas, no tienen ningún vínculo con el mercado laboral. La tasa de actividad económica femenina asciende a 49,8 por ciento, mientras que la masculina asciende al 78,7 por ciento.

Esta condición se agrava en términos cualitativos porque una de cada 10 mujeres está empleada en el servicio doméstico, de las labores peor remuneradas y con menor protección legal.

En cualquier continente se puede verificar que en los últimos 20 años creció en alguna medida el consumo de internet y sus mercancías cotidianas en la población.

Esto se debe a la necesidad empresaria de construir un segmento de consumo nuevo y ampliado para una producción creciente, desde que la red dejó de ser un asunto de militares y científicos.

Así apareció, a comienzos de la década de los ’90, el nuevo mercado mundial de internet. La facturación de las 10 empresas dominantes superó los 86 billones de dólares anuales en 2012. Esa realidad vibrante en los negocios, resulta una grosería en términos de derecho al conocimiento por género.

Una especialista en el tema, Beatriz Busaniche, representante de la Fundación Vía Libre, explicó esta contradicción en términos de la vida cotidiana de las mujeres: “Sólo el 13 por ciento de los contenidos existentes en Wikipedia son escritos por mujeres”.

La razón es simple: “para editar en Wikipedia hay que tener tiempo. Y una mujer que tiene que ocuparse de la casa, de los chicos, de estar linda, inclusive muchas veces ocuparse del hombre también, no tiene ese tiempo. Entonces, mientras en los hogares se sigan reproduciendo esos mismos modelos, la situación no va a cambiar.” (Paula Carri, 13 de marzo 2011)

Casi el 45 por ciento de las mujeres que viven del trabajo en América latina lo hacen en el sector conocido como de servicios (incluido el financiero). En contraste, sólo el 20,5 por ciento de los hombres se emplean en este sector.
En el otro extremo están los casos de la construcción y la agricultura. Uno de cada cuatro hombres trabaja en la agricultura, donde apenas trabajan una de cada diez mujeres ocupadas.

Sin embargo, dos sociedades andinas representan casos críticos. En el Estado Plurinacional de Bolivia, el 31 por ciento de las mujeres son explotadas en trabajos de la agricultura. Junto con Perú, donde alcanza el 24 por ciento, son los países de la región con más elevada ocupación femenina en el campo.

Este alto grado de explotación en la agricultura, es una de las causas principales que explica por qué las mujeres de Perú y Bolivia están más lejos de los hombres en el uso de las herramientas digitales en su vida laboral.

La minería es el otro segmento donde el grado de explotación se relaciona directamente con el analfabetismo digital de las mujeres.

En este punto, también es la sociedad chilena la que presenta el peor balance. Mientras en la mayoría de los países latinocaribeños, es muy baja o nula la explotación femenina en la minería, en Colombia y Chile se registra “la mayor proporción de hombres y mujeres empleadas en el sector minero”, cuenta el documento de la XIIª Conferencia sobre Mujeres. Junto con Perú, estos países tienen la mayor cantidad de explotaciones mineras a cielo abierto: 420

Sorprende que entre los 56 países considerados en el encuentro de la República Dominicana, sólo en tres, Brasil, México y Uruguay, se redujo la brecha digital entre ambos sexos.

Más sorprendente resulta recordar que estos tres países no son, precisamente, las mejores muestras de una economía progresista en la región.

En las economías de los países que más invirtieron y ampliaron presupuestos para gasto social en los pobres, algo debe estar fallando para que la brecha digital entre géneros no se haya reducido en las mismas proporciones que se redujeron la miseria absoluta, la pobreza ampliada y la dependencia política de las metrópolis.

Excepto en Venezuela y Argentina, donde sendos programas de Estado aceleraron y masificaron la alfabetización digital en los últimos ocho años, en el resto el desarrollo fue lento. Aún así, en Venezuela, la brecha no bajó del seis por ciento: el 49 por ciento de los usuarios de internet son mujeres, contra el 55% entre los hombres. En Argentina la brecha es del cinco por ciento, según el informe citado.

La peor evaluación se la llevan dos gobiernos de los países más neoliberales. Chile, uno de los países con mayor acceso a internet en América latina, muestra una brecha del cinco por ciento contra las mujeres. En Perú es peor, porque apenas el 26 por ciento de las mujeres y el 34,1 por ciento de los hombres son usuarios de la red, lo que indica que la brecha es varias veces más grosera.

Esto habilita a desmontar dos mitos al mismo tiempo. Ni Chile, que es la economía más saludada en la región durante los últimos 20 años por los organismos financieros imperiales, a pesar de mostrar el mayor grado de desigualdad social, ni Perú, la economía más ponderada en el último lustro por el alto crecimiento sostenido de su PBI, logran igualar la brecha digital entre géneros, y al contrario, por esa vía reducen derechos sociales en el conjunto de la sociedad.

Hay casos curiosos, como los de Argentina y Venezuela, donde la población femenina empleada en tareas agrícolas o pecuarias no pasan del dos por ciento (1,1 por ciento apenas en la República Bolivariana). Esto, quizá, ha facilitado reducir en menos tiempo la diferencia en la brecha digital entre géneros. En cualquier país del mundo, el aprendizaje y consumo de conocimientos informáticos es ampliamente menor en las zonas campesinas que en las urbanas.

Según el Consenso de Santo Domingo, nombre del documento votado en la isla caribeña el pasado 18 de octubre, “la desigualdad sólo se revierte en el caso de las mujeres asalariadas, que muestran tasas de uso de internet superiores a las de los hombres.

Este último dato indicaría que contar con habilidades para el uso de las TIC (tecnologías de la información) puede ser una herramienta poderosa para la inserción laboral de muchas mujeres”.

El país del mundo donde las mujeres y los hombres usan en proporciones más equiparables a internet es Finlandia, con una diferencia de apenas el 0,9 por ciento. Este dato está en relación directa con otros sin los cuales no tendría explicación racional.

En ese pequeño país nórdico, la tasa de ocupación laboral femenina, su grado de profesionalización y nivel de salarios, es tan alto como el acceso que le da a internet.

Lamentablemente, los correctos análisis y muestras documentadas de la Conferencia de Santo Domingo no están basados en una crítica social a las causas de tal segregación y el valor económico que tiene para los dueños de la economía global y regional.

Como toda segregación humana, esta tiene el objetivo de servir al poder económico de un pequeño sector privilegiado.

Esa funcionalidad se verifica en el conjunto de la sociedad, sin distingo de género, y entre los propios varones, mediante los conocidos instrumentos de la flexibilización laboral masiva, la precarización del empleo y el salario, y todo el arsenal ideológico que fue bien empaquetado en leyes y discursos aplicados por las políticas neoliberales desde finales de la década de los ’80.

(*) Modesto Emilio Guerrero es analista internacional, periodista y escritor.

Fuente: AIM

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