22 diciembre 2013

¿Feministas a favor de la cadena perpetua?

Andrea Momoitio
Por Andrea Momoitio

Están rulando por Internet, desde Facebook a WhatsApp, un montón de mensajes de personas preocupadas por la cantidad de violadores que han quedado en libertad al ser derogada la Doctrina Parot. Hombres y mujeres, que en su día a día obvian o alimentan la existencia del sistema patriarcal, se muestran ahora preocupados por nosotras. Discursos paternalistas y demagogos, que esconden la tendencia predominante: que la mierda de la sociedad –provocada en muchas ocasiones por esta misma – no estropee la postal de nuestras idílicas ciudades.

El tribunal de Derechos Humanos ha hecho lo que los tribunales del Estado español no han sabido hacer justicia. Justicia entendida como el ejercicio que garantiza el cumplimiento de las leyes propias de un territorio y/o los Derechos Humanos. No hablo de justicia como sentimiento abstracto porque, aunque parezca mentira, aún no nos hemos puesto de acuerdo en lo que significa.

No me preocupan demasiado los discursos casposos. Lo que realmente me tiene asustada es la cantidad de compañeras feministas que estoy viendo entrar en ese juego sucio. ¿Ser “violador” es una identidad inamovible? ¿Alguien es violador, ladrón o asesino eternamente? Robar, matar o violar son acciones puntuales (nadie está matando todo el rato por muchas veces que mate) que no sé si podemos permitir que se conviertan en identidad de nadie. Los hombres que violaron, fueron juzgados, encarcelados y ahora han sido puestos en libertad son hombres libres. A su nombre, sólo le sigue su apellido. Ojalá también muchas pesadillas. La justicia de las víctimas es una descripción políticamente correcta de la venganza. Sé que es un sentimiento muy humano, pero las feministas sabemos mejor que nadie que nada de “lo humano” es incuestionable.

Una sociedad democrática no puede permitir que las personas puestas en libertad sean perseguidas ni vigiladas por gobiernos o sistemas médicos porque, sabemos mejor que nadie que no son instituciones libres de sospechas. Me revuelve –a pesar de escribir con muchas dudas y contradicciones- leer a feministas radicalmente en contra de la derogación de la Doctrina Parot porque era una medida que atentaba directamente contra los Derechos Humanos. Si lo hacemos, al menos, deberíamos ser honestas y admitir que estamos a favor de la cadena perpetua y, por ende, la pena de muerte. Nuestro compromiso con los DDHH no puede variar si nos encontramos ante un violador o un etarra y, sobre todo, el feminismo no puede apoyar que un Estado esconda entre sus leyes la cadena perpetua. Nosotras tenemos mecanismos para defendernos y creo que es en eso en lo que debemos centrarnos.

El feminismo quizá tenga demasiados apellidos. Tenemos que ser, además de feministas, antirracistas, anticapitalistas, lesbianistas, ecologistas, antibelicistas… Realmente, es un follón, lo sé; pero hay apellidos a los que no podemos renunciar. ¿Puede nuestra ideología estar por encima de los Derechos Humanos? ¿Estábamos más protegidas de la violencia patriarcal mientras esos hombres –esbirros del patriarcado- estaban en prisión? La justicia permite que nos maten a diario y el feminismo sabe que no es tal una democracia que no tiene en cuenta a la mitad de la población, así que no aboguemos ahora porque sea el amo quien nos proteja ni alimentemos venganzas medievales.

El feminismo no puede apoyar que un Estado esconda entre sus leyes la cadena perpetua Esto me recuerda a una historia que vivimos en Bilbao hace unos años. Un joven que no había nacido en el Estado y que acababa de llegar a Bilbao –lo destaco porque no tenía red de apoyo-, que vivía en la calle y consumía drogas agredió a una compañera en la besada el día de la visibilidad lésbica. Nuestra venganza no se hizo esperar y llenamos Bilbao de sus fotografías. ¿Qué clase de justicia xenófoba y clasista fue aquella? ¿Cómo hubiésemos actuado entonces si el agresor hubiera tenido otro perfil? ¿Cómo actuamos ante la lesbofobia estructural, blanca, de clase alta? Todavía me acuerdo de su cara, sí; y de cómo nos convertimos en opresoras mientras hablábamos de justicia y activismo.

¿No estamos igual de desprotegidas estén esos hombres en prisión o no lo estén? La cárcel no sirve en nuestra batalla porque condena sólo a quienes fracasan. Pocos hijos sanos del patriarcado están en prisión porque son ellos los que gobiernan, dictan sentencia y detienen a los que fallan.

Las dudas y las contradicciones están también sobre la mesa. Los violadores en serie me provocan asco y sed de venganza, pero la sentencia del Tribunal de Estrasburgo me produce satisfacción porque ha sido un gran varapalo para todos los Estados que creen poder legislar con total impunidad y contra su ciudadanía. Queda, eso sí, mucho camino por delante.

Fuente: Ameco Press

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