22 enero 2014

Yo soy provida

Por Marlis González Torres

En el fragor de la acalorada discusión dialéctica sobre la nueva regulación del aborto en España muchos son los conceptos y argumentos utilizados que, no obstante, dejan un flanco sin cubrir. Y es éste flanco un aspecto muy importante para la conceptualización y la argumentación. Me refiero a la utilización incompleta del lenguaje. El lenguaje no es un mero instrumento que nos permite describir lo que ocurre en el mundo exterior o expresar lo que ocurre en nuestro interior sino que es -también- un potente instrumento generador de realidades a través de la acción. Al hablar modelamos el futuro, el individual y el de nuestra sociedad; de acuerdo con lo que decimos, o callamos, o escuchamos se genera la realidad futura, en un sentido o en otro.

No es por tanto cuestión baladí el que se utilicen unos u otros términos lingüísticos. Ni que utilizados por un bando, de inmediato se sobreentienda que son propiedad exclusiva de este y no deben ser utilizados ni, por tanto, tener el menor significado para el bando contrario. Ocurre esto con términos como pro-vida que parecería pertenecer tan solo a los antiabortistas como si las personas que defienden una ley de plazos, como la vigente en la actualidad, no estuvieran a favor de la vida.

Ser Pro-Vida. Estar por la defensa de la vida. Si analizamos la definición que de vida da la RAE tenemos que en sus 19 acepciones ninguna se ajusta al concepto que de la misma exponen los contrarios a la ley de aborto vigente en cuanto entienden que la mera unión de células es ya una vida humana.

¿Qué es la vida? ¿Cuándo comienza? He ahí una cuestión a la que la ciencia no ha dado una respuesta tajante y definitiva que pueda complacer a los antiabortistas aunque insistan en asegurar lo contrario. ¿Qué es vida humana? ¿Cuándo comienza? En este caso la respuesta de la ciencia es más concreta. Si en el primer caso la ciencia no considera vida la simple unión de dos células al entender que esto es solo un paso de un proceso biológico complejo, en el segundo entiende que la existencia de vida humana exige una serie de requisitos que permitan un desarrollo como seres humanos; por eso las leyes de plazos han sido generalmente aceptadas en nuestro entorno al entender que más allá de un momento temporal concreto -el plazo- ya existe una vida humana que puede llegar a buen fin, a conformar un ser humano. Hasta aquí el aspecto meramente biológico.

Pero hay en el tema del aborto otro aspecto moral que acaba por envolverlo todo y del que es preciso hablar. Desgranaré alguno de sus elementos:

El primero es que a nadie se le obliga a abortar. Ni con la vigente ley, ni con la de 1985 ni con la que propone el actual proyecto de ley. Por tanto, se trata en puridad de una burda imposición de una moral - su moral- al conjunto de la ciudadanía por un grupo ideológico concreto. Cualquiera que desee vivir de acuerdo a esa moral puede hacerlo sin que ni el estado ni ninguna de sus instituciones intervenga en esa decisión. En cambio quien no desee asumir una moral que no es la suya se verá obligada a ello, en este caso a llevar adelante un embarazo.

El segundo es qué tipo de vida merece llamarse humana. Si existen malformaciones que, aún siendo compatibles con la vida , conforman seres humanos que nunca van a desarrollar las características que nos distinguen de otros animales o plantas…¿es esta una vida humana? ¿es ésta la que merece una protección superior a la de las ciudadanas, sujetos de derechos en nuestra constitución?

El tercero es qué tipo de vida queremos vivir. ¿Puede alguien obligarnos a tomar una decisión que nos encadena definitivamente con algo que no queremos porque supera nuestras fuerzas, nuestros medios materiales y económicos, porque nos obliga a vivir contraviniendo nuestras creencias? Imagínense el caso de una madre que trae al mundo una de estas vidas y que no tiene medios económicos para los cuidados que precisa o que teniéndolos no encuentra dentro de sí misma la fuerza y el impulso imprescindible para arrostrar un futuro tan incierto o que tiene la convicción de que ese nacimiento no tendría que haberse dado.

El cuarto es la responsabilidad de los poderes del estado en la protección de la vida. Pero de la vida de todos: la de la mujer, la de los padres, la de los nacidos, la de los no nacidos. Porque se habla continuamente de la protección de la vida -haciendo referencia tan solo al feto- y nada se dice de las otras vidas implicadas: cómo será la vida de la madre, de los padres, del niño por nacer, etc. Y de nuevo estamos ante un uso indebido del lenguaje, generando realidades falsas como he dicho antes. No resulta creíble, ni ético, ni moral ni, por supuesto, legítimo y legal que los mismos que se ocupan de privar a la ciudadanía de derechos fundamentales para el desarrollo de una vida humana digna -como son la sanidad universal, la educación pública de calidad, la atención a la dependencia- sean los paladines de la defensa de la vida del feto. Sin una garantía de los derechos humanos básicos como éstos la vida humana no es tal, se convierte en un mero número a utilizar por los poderosos cuando lo estimen necesario.

Por último, ¿puede alguien decidir sobre el cuerpo de una persona? ¿Es legítimo que un estado decida, por poner un ejemplo, cortar un miembro a una persona con cualquier disculpa? ¿O que decida utilizar a cualquier ser humano como fábrica de órganos para trasplante (argumento del conocido film Never Let Me Go)? No está permitido, es una tortura, se me dirá con razón. ¿Cómo es posible entonces que se entrometan en el cuerpo de una mujer, de las mujeres, para decidir que tienen que continuar, ineludiblemente, con un embarazo?

Resumiendo, debemos cuidar el lenguaje, reivindicar el uso del término vida, no dejar que un calificativo tire por la borda conceptos y argumentaciones. Hagamos bandera, exijamos si es preciso, que se entienda como defensores de la vida a todas y todos los que entendemos como legítimo el derecho de la mujer de traer o no una vida nueva a este mundo.

Fuente: Unidad y Resistencia

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