16 febrero 2014

Corsés para la mujer del siglo XXI

Por Mª Ángeles Cabré

Creíamos que el histerismo femenino era un mito que la literatura y el cine se habían ocupado de inmortalizar, pero que el nuevo siglo había erradicado para siempre con sus heroínas tres en uno (madres amantísimas, dóciles amantes y ejecutivas agresivas de tacón y rímel), y resulta que no, que esa modalidad de la neurosis que toma su nombre del bendito útero y, así pues, se atribuye indefectiblemente a la condición femenil, sigue vivita y coleando.

También pensábamos que en las relaciones de pareja la infidelidad era una rémora de un pasado lleno de tabúes y represión sexual, y que el progreso había empujado a los hombres y a las mujeres de hoy hacia otras modalidades de unión más liberales, como pueda serlo la pareja abierta, que en su día glosaron Franca Rame y Dario Fo. Ha resultado que no, que poner los cuernos sigue estando de moda como en las peores comedias de enredo y que, en consecuencia, las Anna Karenina del siglo XXI aún ostentan impúdicas sus celos y sus clínex empapados como la cornuda de Match point, magistral película de Woody Allen.

Adulterios regados con tranquilizantes que no suceden tan sólo en las periferias urbanas (donde acaso las telenovelas venezolanas dejan una huella más indeleble), sino incluso en las altas instancias, véase por ejemplo el mismísimo Elíseo, donde ha estallado un lío de faldas digno de Billy Wilder, ese hilarante traficante de debilidades humanas. Y es que mientras todos imaginábamos a los máximos responsables de los gobiernos ocupadísimos resolviendo los acuciantes problemas del mundo, resulta que uno de ellos, el mismísimo presidente de la República francesa, el socialista François Hollande, se entretenía saliendo furtivamente de sus habitaciones al caer la luna para no regresar hasta el alba. Nada que objetar a ese respecto, pues ya se sabe que, como dijo Ortega y Gasset, “el amor es el eterno insatisfecho”, por no decir que cada cual hace lo que le viene en gana con su vida sentimental.

Pillado en plena liaison dangereuse con una actriz, la que hasta ahora hacía las funciones de primera dama, la periodista y máster en ciencias políticas por la Sorbona Valérie Trierweiller (que en su día sustituyó en el corazón del presidente a Ségolène Royal), no ha encajado el golpe nada bien, o al menos no como se supone que debiera hacerlo una mujer del siglo XXI. Cuanto menos no ha aguantado tan bien el tipo como la señora de Strauss-Kahn, aquel director gerente del FMI que se benefició a una señorita de color en el hotel neoyorquino donde se hospedaba, al parecer olvidándose de pedirle permiso.

No nos corresponde aquí analizar el afán amatorio del aspirante a Don Juan, sino las consecuencias de su poca discreción, que confirman que algunas mujeres siguen aún instaladas en el pasado y no tienen intención de dejarlo atrás. Así, mientras el personaje interpretado por Carmen Maura en Mujeres al borde un ataque de nervios digería el portazo que le había dado el novio fumándose todos los cigarrillos del estanco, a la primera dama francesa el corazón se le impuso a la razón, como les sucedía a las heroínas literarias del siglo XIX, diríamos que sin excepción.

Ana Karenina y Madame Bovary (por mencionar a las más célebres de la literatura universal) acabaron rematadamente mal a causa de las penas de amor. Asimismo, guiada por un espíritu similar al de esas creaciones de papel de Tolstói y Flaubert, respectivamente, mientras no paraban de sonar los teléfonos en la que fuera la residencia de Madame de Pompadour, se quitaba la vida en una habitación de un lujoso hotel de Nueva Delhi la esposa del ministro indio de Shashi Taaror, que respondía al nombre de Sunanda Pushkar, quien al parecer no pudo soportar la vergüenza de que su marido le fuera infiel, en este caso con una periodista.

Estos dos casos, de tan distinto final, no son más que la punta del iceberg de lo que ocurre también en el seno de vidas ajenas a la opinión pública, que son las más. Víctimas de la idea periclitada del amor romántico, que el cine, la televisión y la publicidad insisten en vendernos aún hoy (como si su falta de verdad y su perniciosa influencia no hubieran sido ya sobradamente demostradas), algunas mujeres a quienes en una historia a tres bandas les toca el papel más ingrato, hacen alarde de los más casposos roles de sexo y borran de un plumazo el largo y arduo camino hacia la emancipación femenina, que tantos esfuerzos ha costado.

François Hollande y Valérie Trierweiler
Las imaginamos teniendo en su mesita de noche –como la Natascha de El idiota de Dostoievski- un ejemplar de Madame Bovary, esa novela donde Flaubert se dio el gustazo de dar vida a una de las bobas de la baba más célebres de la literatura, e incurriendo en el craso error de buscar en ella consuelo. Esa podría ser la explicación a su comportamiento, o acaso un exceso mal digerido de Sexo en Nueva York. Aunque es probable que basten un par de anuncios de perfume y un programa televisivo de sobremesa para inocular en la mujer del siglo XXI (sea cual sea su edad) el virus de la mujer del siglo XIX.

Del mismo modo que el consumo de novelitas rosas hizo estragos en la mente de Emma Bovary, empujándola hacia los despeñaderos del amor y de su contrario, el desamor, actuando a su imagen y semejanza nuestras coetáneas insisten en no quitarse el corsé de que Coco Chanel y compañía las liberaron en sentido literal, y las muchas sufragistas y activistas del feminismo en el sentido figurado. Permanecen pues presas en él y en todo lo que ello conlleva: dependencia hacia el varón, falta de autoestima, impotencia e imposibilidad de empoderarse para comenzar una nueva vida. No aspiran a ser “damas de hierro” ni siguen la senda de una Merkel impermeable, sino que están hechas de la misma pasta que la despechada Fedra, la Ofelia de Hamlet o la doña Inés de Zorrilla.

“Regidas por vaivenes exteriores muy diversos, obedientes a muy distintos modelos de comportamiento, referidas a cánones de triunfo y fracaso que, aun cuando no fueron los mismos, se parecían en lo esencial: en que les venían impuestos desde fuera y en que no los supieron esquivar […]”. Eso escribía Carmen Martín Gaite en un artículo ya antiguo publicado en Triunfo (ahora en La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas) asociando a Emma Bovary con una de las suicidas más célebres de Hollywood, Marilyn Monroe, nacida Norma Jeane.

Sinceramente, es preocupante que nuestra actual sociedad genere modelos femeninos que sigan estos patrones y no otros, los que invitan a las mujeres a avanzar contra viento y marea, como hizo por ejemplo la Colometa de Mercè Rodoreda o la intrépida pareja de Thelma y Louise. Y es una lástima que cine, televisión y publicidad nos empujen todavía hacia arquetipos más cercanos a las hermanas Bennet de Orgullo y prejuicio, a la desesperada caza de marido (véase si no los muchos programas estilo “Granjero busca esposa” o “Un príncipe para Corina”), que de una sargento Ripley o de una Joan Crawford en Johnny Guitar.

Es de suponer que algo se ha roto en la correa de transmisión de esta nueva idea de mujer que ya Simone de Beauvoir formuló en El segundo sexo, que libraba a las mujeres de su subordinación. Pensábamos que estábamos ya en el futuro de la condición femenina y andamos aún en el pleistoceno. Dejando de lado que cabe la posibilidad, como afirmaba Madame de Staël, que el amor sea la historia de la vida de las mujeres y tan sólo un episodio en la vida de los hombres, que en cuestiones amorosas la mujer regrese al regazo del siglo XIX, con los riesgos que ello conlleva, nos debiera preocupar. ¿O acaso nos imaginamos surcando las autopistas a lomos de jumentos? Ya hablaba Hannah Arendt de la falta de sincronía entre el progreso y la emancipación social.

Fuente: El País

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