13 febrero 2014

Mis hijas no sufrirán las consecuencias de la ablación

Como parte de la campaña www.stopablacion.org, y con motivo del Día Mundial de la Tolerancia Cero a la Ablación, la ONG World Vision invitó a Jennifer Chepochepunyo Kibo, una madre modelo en la lucha contra la ablación, a que nos cuente su historia.

Me llamo Jenniffer Chepochepunyo Kibo, tengo 53 años, 8 hijos y he sido la primera madre de mi comunidad Pokot (en Marigat, al oeste de Kenia) en decidir no practicar la ablación a mis 3 hijas.

Tuve mi primera experiencia con la ablación en 1977, cuando tenía 16 años. No tuve oportunidad de ir al colegio porque entonces no había ninguna escuela en mi comunidad de Marigat (oeste de Kenia), así que dedicaba mi tiempo a recoger agua y leña. Cuando tuve edad para casarme en mi casa comenzaron los preparativos para practicarme la mutilación genital dado que según la tradición, sólo una niña que ha pasado por este rito puede casarse y tener hijos. Mi padre sabía que recibiría por mí una dote de 30 vacas y 45 cabras.

Recuerdo que sangré muchísimo y perdí el conocimiento durante 3 días. Mis padres, al verme tan débil me dieron a beber sangre de cabra y me cuidaron con hierbas tradicionales. No tuve ninguna atención médica, como no tienen las niñas a las que aún se les practica la ablación en Marigat.

Mi segunda experiencia con la mutilación genital femenina fue 29 años después, cuando la ONG World Vision comenzó un proyecto de lucha contra esta práctica. Recuerdo que fui a una de sus charlas y entendí que tenía derechos que estaban consagrados en la Constitución de Kenia, que podía pedir que los respetaran y por primera vez, escuché que la ablación tenía consecuencias en la salud de las niñas y reconocí las que yo misma sufrí cuando me la practicaron.

Ese día decidí que mis tres hijas no serían mutiladas y así se lo comuniqué a mi esposo, pero él no me escuchó. Así que decidí ir donde el jefe de la comunidad, le expliqué lo que había aprendido y le pedí que me dejara contarlo a otras madres. Así lo hice y lo que encontré fue rechazo y algunas burlas, ¿Acaso no había sido yo cortada?, decían y me preguntaban ¿quién querrá casarse con nuestras hijas si no pasan por la ablación?

Supe que debía ser coherente con mis palabras y cuando el momento llegó, me negué a que mi hija mayor pasara por la ablación. La dote de su matrimonio estaba en juego y mi marido sólo decía: “yo pagué una dote por ti, por qué no voy a recibir la de mi hija”. Entonces yo renuncié al 50% de la dote que me correspondía como madre y comencé a trabajar con el personal de World Vision como madre voluntaria y modelo de lucha contra la ablación.

Ahora tengo un grupo de madres que como yo están luchando contra esta práctica, aunque sea un tabú y aunque aún no esté bien visto que las mujeres expresen sus opiniones. Tengo otras dos hijas que no han sido ni serán mutiladas y para lograr esto debo asegurarles la educación, así que a pesar de que mi marido solo está dispuesto a pagar la escolarización de los varones, yo matriculé a las niñas en la escuela y trabajo vendiendo verduras para pagarles la matrícula.

A veces no tengo lo suficiente para pagar las matrículas de las escuelas, pero pido préstamos y ayudas y aunque una de mis hijas se ha visto obligada a repetir un curso porque yo no podía pagar el siguiente, sé que terminarán sus estudios y no tendrán que sufrir las consecuencias de la ablación.

Para apoyar la campaña Stop Ablación: www.stopablacion.org

Jenniffer Chepochepunyo Kibo

Fuente: El País

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