05 febrero 2014

Por eso duele

Por Cecilia Lavalle

“Me gustaría ser diseñadora de modas o estilista”. Eso dijo una jovencita de 14 años cuando se le preguntó cómo se imaginaba su futuro. Y a mí me dolió el corazón.

Cuando se habla de Derechos Humanos de las mujeres se habla de que cada mujer pueda hacer lo que desee, lo que considere valioso, y que todo el escenario de su vida apoye esa decisión.

Y cuando digo todo el escenario me refiero a que el lugar donde nace no marque su destino. Me refiero a que el color de su piel no marque su destino. Me refiero a que sus creencias o su preferencia sexual no marquen su destino. Me refiero a que nada marque su destino.

Para eso, cada mujer deberá tener la garantía del Estado a todos y cada uno de sus derechos como humana. Derecho a una vida libre de violencia. Derecho a la educación. Derecho a la libertad. Derecho a la salud...

Si el Estado cumpliera su parte y garantizara, sin pretextos, sin simulaciones, sin excepciones, los Derechos Humanos de las mujeres, soñar con el futuro y saberlo posible sería algo que le sucedería a todas las mujeres.

Pero soñar y creer que el sueño es posible hoy es un privilegio para algunas mujeres y no un derecho que puedan ejercer todas. Por eso duele.

Uno de los pasajes que más me conmovieron en el libro “Esclavas del poder”, escrito por Lydia Cacho (Grijalbo, 2010), es cuando, cito de memoria, la autora relata cómo lloró después de que una joven víctima de trata le preguntó: “¿Qué se siente hacer lo que quieres?”.

Lo cierto es que esa misma pregunta la podría hacer una indígena que no habla español y a la que su padre vendió a cambio de una vaca.

Esa misma pregunta la podría hacer una joven que por huir de un hogar violento se encuentra en situación de calle.

Esa misma pregunta la podría hacer una mujer que vive con un esposo violento y no tiene empleo ni un lugar donde refugiarse indefinidamente.

Esa misma pregunta la podría hacer una niña que no asiste a la escuela porque debe pedir limosna en las calles para sobrevivir.

Esa misma pregunta la podría hacer una joven con un embarazo no deseado y que se ve obligada a llevarlo a término.

Esa misma pregunta la podrían hacer millones de mujeres en mi país.

Y es la pregunta que señala con enorme claridad cómo el Estado ha sido incapaz de garantizar los mínimos derechos de las mujeres.

Es la pregunta que explica por qué muchas mujeres y hombres trabajan por los derechos de las mujeres.

Es la pregunta que habla de sueños que suenan a fantasía. Por eso duele.

“Dulcinea” es una adolescente de 14 años que vive en Michoacán, en la zona donde los tres niveles de gobierno le han fallado a toda su población, en la zona donde algunas declaraciones señalan que más de 200 jóvenes de entre 12 y 14 años fueron secuestradas y violadas por integrantes del crimen organizado.

“Dulcinea” no esperó ese destino. Abandonó a su familia y con su hermano se unió a los grupos de autodefensa.

Y desde ahí, donde el fuego es cruzado, donde si algo escasea es el futuro, “Dulcinea” dice que en el futuro le gustaría ser diseñadora de modas o estilista.

Me acuerdo que algo similar me dijo mi hija cuando era una niña. Pero no sonó a fantasía. Por eso duele.

Fuente: CIMAC

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