07 abril 2014

“Aquí somos así”

Por María Clara Ruiz

Del Mito de la Igualdad al Respeto por la Diferencia

“Hay que adaptarse”… famosa frase que suena en todas partes y a todas horas, y a la que se le da un alto valor social. Se habla de lo bien o mal que se adapta un niño a su nuevo colegio, de que los inmigrantes no “quieren” adaptarse -o integrarse-, de que esa persona que se viste diferente es un “inadaptado”.

Creo que la sola idea de la adaptación, así como la de la integración, lleva implícito un mito. Y es el mito de la igualdad. ¿Por qué algunos grupos humanos necesitarán para su subsistencia una uniformidad que les permita mantener su identidad? “Aquí somos así”, “hay que comportarse de esta manera”, “hay que hacer esto porque siempre lo hemos hecho igual”.

Nunca dejarán de sorprenderme este tipo de mensajes -expresados a nivel verbal y no verbal- así como sus implicaciones y sus efectos, no sólo en el contexto social sino también en las miradas y en los cuerpos de unos/as y de otros/as, bloqueados con tanta contención, resignación, odio y/o miedo.

Lo que resulta más preocupante es que el mito de la igualdad -como todos los demás mitos y prejuicios- se va naturalizando con el tiempo, hasta ser imposible concebir la realidad de una forma diferente que no sea, otra vez, inadaptada.

Esta es la forma como se pone en juego la sana diversidad, neutralizándola a toda costa a base de “remedios” infalibles como son la exclusión y el rechazo, llegando incluso a convertir en ley la violación de un derecho humano tan elemental como el de ser diferente.

Dentro de esta dinámica, suele pasar que cuando se pone en duda una afirmación tan aparentemente obvia como la de que “hay que adaptarse”, aparezcan feroces defensores de la “paz” y del “orden”, devolviendo a las filas a los desobedientes, acusándoles de perturbar la supuesta armonía, el equilibrio y la sosa estética uniforme y previsible que da lo conocido. Y es ahí justamente donde me gusta detenerme, porque es ahí, desde mi punto de vista, donde está la solución inherente al problema que insistimos en no querer comprender.

Por naturaleza -aquí sí- todo ser humano quiere y necesita sentirse parte de algo. No creo que haya nadie que se niegue a adaptarse a un sistema porque no quiera. Esta actitud suele ser más bien una consecuencia de otros antecedentes que seguramente no se han tomado en cuenta, cuando la norma ha sido el miedo y el consecuente rechazo a la diferencia, expresados con el ansioso “adáptate, adáptate!!”. Pero es verdad que la llegada de un elemento nuevo distorsiona el equilibrio y promueve, guste o no guste, un cambio en el sistema.

El problema no está en que se distorsione el equilibrio. No. El problema está en que el sistema sea tan excesivamente rígido que no se pueda permitir esa distorsión y, en cambio, que necesite usar todo un arsenal de defensas para intentar, a toda costa, mantenerse como estaba, sólo por el anquilosamiento que le imposibilita moverse, transformarse y evolucionar con el otro diferente.

Ante esta imposibilidad, es más fácil demonizar al que viene a romper ese equilibrio, por más perverso que sea -el equilibrio-, ya que la vida es movimiento, cambio y crecimiento, y esto sucede gracias a los constantes ires y venires de la naturaleza, que no es precisamente estática.

Entonces no se trata de adaptarse. Se trata de vivir y de convivir, de dejarse tocar y de cambiar juntos. No se puede seguir concibiendo la vida como si viajáramos por ella en un tren con vagones para la clase preferente y otros para la clase turista. No puede haber, por ningún motivo, sujetos de primera y sujetos de segunda y no es lógico sugerir a otra persona que sea como no es. Eso nunca va a llevar a una sociedad a ninguna parte.

Convivir supone cambiar juntos. Es por eso que la inclusión -no la adaptación ni la integración- es un reto que va más allá de la utopía y que tiene que ver con la actitud, de unos y de otros, de arriesgarse a habitar el suelo que se pisa y de permitirse ser habitados por lo desconocido. Creo que esta es una buena idea para dejar que surja, sin miedo y sin lucha, un deseo de saberse, de aprenderse, de vivirse y saborearse mutuamente, dentro de las infinitas posibilidades que ofrece la afortunada diversidad.

Fuente: Psicoterapia y otras posibilidades

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