24 abril 2014

¿Feminista yo?

Por Cecilia Lavalle

“Yo vomito el feminismo –me dijo una joven mujer–. Creo que la violencia contra las mujeres es terrible y no debería existir –prosiguió–; creo que todas las personas deben tener las mismas oportunidades…”. “¡Qué raro! –interrumpí–. Tu vómito debe originarse en un problema estomacal, porque el feminismo trabaja para hacer realidad todo eso y más”.

Mientras la escuchaba me acordé de una anécdota que me parece relató una vez la dramaturga Sabina Berman. Cuenta que una maestra universitaria exponía su clase y, de pronto, notó incomodidad y disgusto entre el alumnado.

“¿Qué dije?”, se preguntó, y cayó en cuenta que acababa de afirmar que ella era feminista. Guardó silencio unos segundos y luego preguntó a sus estudiantes: “¿Quiénes son feministas?”. Un par de manos se alzaron tímidamente.

Siguió preguntando: “¿Quiénes creen que las mujeres no deben ser discriminadas?”. Esta vez un coro de manos se levantó sin problemas.

“¿Quiénes coinciden en que nacer mujeres no es razón para que una persona no pueda hacer lo que desea?”. Las manos alzadas parecían mitin.

“¿Quiénes piensan que nada justifica la violencia contra las mujeres?”. De nuevo las manos se levantaron.

Pues les tengo una noticia, dijo la maestra, son feministas.
La joven mujer tras escucharme decir que el feminismo que “vomitaba” defendía aquello en lo que ella creía, esgrimió el argumento que daba sustento a su “antifeminismo”: “Es que yo no odio a los hombres”.

“¿¡Odiar a los hombres!?”, pregunté sorprendida. “Mmmm. Déjame pensar: Yo amé profundamente a mi padre, un hombre bueno y respetuoso; amo a mi marido y a mi hijo, hombres amorosos y solidarios, aunque a menudo discrepamos en el enfoque a temas nodales para mí.

“Amo también a mis hermanos, y que conste que frecuentemente no coincido con lo piensan. Y, en general, a lo largo de mi vida he entablado relaciones de respeto y de afecto con muchos hombres.
Así que no, yo no odio a los hombres. Y mira lo que son las cosas, soy orgullosamente feminista”.

Mi joven interlocutora atinó a decir: “Es que yo pensé…”.

¿Cuántas veces rechazamos, descalificamos, “vomitamos” algo que en realidad no conocemos? ¿Cuántas veces invalidamos algo sin detenernos a analizar lo que lleva dentro, lo que significa, lo que implica?

¿Cuántas veces nos oponemos a una idea, un concepto, sin poner antes en el reflector nuestros prejuicios? Es decir, sin haber sometido a nuestro juicio racional aquello que nos dijeron o que nos inculcaron.

Al feminismo se le ha hecho muy mala fama. Y no es casual, porque en el fondo propone un equilibrio de poder entre mujeres y hombres. Y eso es muy subversivo para quienes están encantados con el poder y el control absoluto, y creen que a las mujeres les toca callar y obedecer.

Las mujeres le debemos mucho al feminismo. Detrás de cada derecho, de cada libertad ganada, está el feminismo.

Pero a mí no me creas, le dije a mi interlocutora. El feminismo no es una religión, no se trata de creer o no creer. Te invito, eso sí, a investigar, averiguar, conocer.

No te aseguro que te asumirás feminista. De ninguna manera. Lo que sí te aseguro es que en el proceso de saber, de conocer, si algo se “vomita” son prejuicios. Y eso ya es ganancia.

Fuente: CIMAC

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