09 abril 2014

Mujeres y violencia

Por Beatriz Gimeno

Al leer este título, la mayoría de la gente habrá pensado en la violencia que sufren las mujeres, que es mucha. Sin embargo, yo quiero referirme a la violencia que éstas ejercen o, más bien, a la que podrían ejercer en su propia defensa, una violencia casi inexistente, tanto la organizada, en grupos, como la ejercida de manera individual. La pregunta que siempre me hago es: ¿Por qué las mujeres no ejercen casi nunca violencia contra un sistema patriarcal que es tan violento contra ellas?

Asistimos constantemente a escenas de violencia contra las mujeres: real y ficcionada. Hemos visto vídeos o imágenes de latigazos, lapidaciones, maltratos físicos y hemos visto a las mujeres pasear por las calles de algunos países debajo de un burka. Cada pocos días, en este mismo país, una mujer es asesinada por un hombre y a menudo vemos a mujeres reales con hematomas reales. También vemos muchas imágenes ficcionadas de violaciones, palizas o asesinatos, en películas o telefilmes. En nuestra cultura global el maltrato a las mujeres es muy frecuente y está completamente extendido. La violencia contra las mujeres no puede sorprendernos, convivimos con ella, es una imagen cotidiana y real; nos acompaña constantemente. Y a pesar de eso, esta campaña me impactó, me sobresaltó, me hizo daño:



Y me hizo pensar, otra vez, en una pregunta que me he hecho muy a menudo: ¿Por qué las mujeres no se han organizado jamás violentamente para para defenderse de la violencia que se ejerce contra ellas constantemente? Y ¿por qué no se defienden violentamente de sus maltratadores? ¿Por qué hay tan pocos asesinatos en legítima defensa?

Sí, ya sabemos que las mujeres somos educadas en la no violencia física y que históricamente no hemos formado parte de ejércitos o de instituciones que hagan uso de la fuerza; que de niñas no jugamos a juegos que impliquen violencia, que somos educadas para cuidar y para aguantar, para no responder a la violencia con violencia, sino con llantos y súplicas. Todo esto supone un importante freno físico y psicológico contra la posibilidad de que utilicemos la violencia en alguna circunstancia pero, a pesar de eso, son muy numerosas las ocasiones en las que las mujeres se han saltado esa barrera.

Las mujeres cogen las armas a menudo; las mujeres participan y han participado desde siempre en revueltas, guerras o revoluciones. Hoy día las mujeres son militares, terroristas o guerrilleras; ponen bombas, secuestran aviones, participan en ejércitos con naturalidad. En menor número que los hombres, sí, porque los roles de género les ponen a ellos del lado de la guerra y no a nosotras, pero aun así, esa barrera no ha sido nunca infranqueable.

Las mujeres han cogido las armas para defender a sus familias, a sus países, a sus dioses o a sus ideas. Las mujeres mueren y matan contra el capitalismo, contra una invasión, contra el colonialismo, el racismo, la pobreza, contra el comunismo o contra la influencia extranjera. Y, sin embargo, jamás han cogido las armas para defenderse ellas mismas del patriarcado. Las mujeres mueren y matan pero jamás por ellas mismas; si acaso, contra el patriarcado, se matan a sí mismas, se suicidan. ¿Por qué? ¿Por qué nos suena completamente disparatada la idea?

Me estoy refiriendo a los patriarcados más bárbaros, me estoy refiriendo a la obligación de encerrarse bajo un burka, a la prohibición de salir de casa, a los matrimonios forzados, a las lapidaciones, las violaciones, a la prohibición de estudiar… Y me refieroespecíficamente a cuando estas circunstancias son “nuevas”, es decir, cuando se dan después de periodos de patriarcados “normalizados”; el caso de Afganistán es el más conocido, aunque en ningún caso el único. La pregunta que yo me hago siempre es: ¿Por qué mujeres que han estudiado en la universidad, que se han casado con quien han querido, que han sido empresarias o trabajadoras, que han viajado y caminado por la calle con normalidad, no se organizaron en un grupo armado ante la llegada de los taliban? ¿Por qué para nosotras resulta mucho más fácil optar por el suicidio que por la agresión a otros, incluso en circunstancias como las que menciono? Y aun conociendo las respuestas que suelen darse a esta pregunta, a mí no me valen; conozco las barreras, los frenos psicológicos, pero ¿nunca? ¿Ni siquiera en estos casos?

Si nos referimos a la posibilidad de ejercer violencia individual para responder a la violencia individual, me asaltan las mismas dudas. Hace poco discutía con alguien acerca de si el patriarcado se había instaurado debido a la mayor fuerza física de los hombres. Si bien cualquier sistema de dominación usa la fuerza como un instrumento, ésta no es indispensable. El núcleo del poder bien asentado es siempre simbólico y se infiltra en la construcción subjetiva; de lo contrario la resistencia crecería enseguida. Por ejemplo, hay -y ha habido- grupos humanos en los que el poder lo tienen los ancianos, que son los más débiles físicamente.

Además, la inteligencia, la organización o las armas bien pueden suplir la fuerza física. La fuerza física no es determinante cuando puedes coger un arma, y hay países donde las armas están al alcance de hombres y mujeres por igual. La fuerza proviene siempre del poder simbólico y este mismo poder sirve también para desempoderar. En el caso del patriarcado, la fuerza física remite al poder simbólico generizado que hace que todos los hombres están revestidos siempre de mucha mayor fuerza física que todas las mujeres, aunque esto no tenga que ser así en muchos casos concretos o no tuviera que ser siempre así. Y esa fuerza simbólica les dota de fuerza real, de poder, al mismo tiempo que desempodera a las mujeres y las sume en la absoluta impotencia física y psicológica.

Para combatir la violencia masculina, las feministas pretendemos usar la fuerza, simbólica y real, de la ley. Es cierto que si la ley condenara y persiguiera de manera adecuada esta violencia, si se emplearan recursos en la educación contra la misma, si la condena social fuera absoluta, poco a poco se iría avanzando. Sin embargo, en el caso de la dominación patriarcal, la ley es sólo uno de los instrumentos pero no el único, porque por mucho que se persiga y castigue la violencia contra las mujeres, si dejamos el sistema de dominación simbólico intacto, siempre habrá violencia, aunque ésta esté castigada y perseguida. Este sistema es perversamente perfecto y mientras castiga por un lado, está alentando la violencia simbólica por el otro. Mientras legisla a favor de la igualdad, se aprueban, favorecen o simplemente se mantienen conductas, costumbres, representaciones, leyes o instituciones claramente desiguales.

Así, la lucha contra la violencia machista pasa por las leyes, pasa por la educación en igualdad, pero pasa también por algo mucho más complicado, como es lo simbólico, lo cultural. Dentro de lo cultural, el empoderamiento femenino también tiene que ser físico, porque las chicas son educadas en la creencia de que todos los hombres son más fuertes que ellas y que ante las agresiones no pueden sino ponerse en el papel de víctimas. Todos los juegos femeninos, el ejercicio físico que (no) hacen, la vestimenta, el calzado, los movimientos, el lenguaje corporal e incluso el vocabulario que usamos, todo va en el sentido de desempoderar físicamente a las mujeres. A los chicos, en cambio, no se les educa en el temor de otros chicos más fuertes, sino en la conciencia de la igualdad. Las mujeres también pueden ser fuertes pero, sobre todo, pueden ser, sentirse, también físicamente, iguales. No se trata de promocionar el uso de la fuerza, sino de no sentir barreras, bloqueos, miedos o sensación de impotencia ante otras presencias físicas, y también respecto al propio cuerpo.

En este sentido voy a contar algo de mi particular relación con la fuerza física. Como yo tuve polio en las piernas, mi familia decidió que era muy importante que fortaleciera el resto de mi cuerpo para compensar. Me pusieron a hacer gimnasia desde que tenía tres o cuatro años. Hice gimnasia para fortalecer el cuerpo en general, especialmente los músculos de los brazos, todos los días de mi infancia y adolescencia. Todas las tardes después del colegio pasaba dos horas con una entrenadora haciendo paralelas, subiendo por la cuerda, haciendo abdominales y levantamiento de peso. Como consecuencia de eso, yo era una niña muy fuerte, extraordinariamente fuerte para lo que suelen ser las niñas e incluso los niños.

De hecho, yo era la personita más fuerte de mi clase y eso me hizo tener una relación diferente con el cuerpo de la que suelen tener las niñas. Si había que trepar a un árbol, subir por una tapia o transportar cualquier cosa me llamaban a mí. Si jugábamos a un juego en el que la fuerza contara algo, todos me querían en el equipo. Los niños, a veces, se pelean, se empujan, tienen relaciones mediadas por lo físico sin que eso tenga que terminar en peleas. Esas relaciones eran para mí una forma de expresión natural y todo eso tuvo consecuencias, determinó mi inserción en el grupo de los niños y no de las niñas. No se comparaba si yo era más fuerte o menos fuerte que la mayoría, que unos pocos o que la media. Era una más. Lo importante no era la fuerza concreta, medible, sino que lo importante era el uso que hacía de mi cuerpo, de mi fuerza física, la que fuera; la sensación de que era igual a los demás niños.

Los hombres que pegan a las mujeres no lo hacen porque sean más fuertes y estén seguros de que van a ganar la pelea. Pegan porque saben que en ningún caso la víctima se va a revolver. Recordemos que la violencia machista en la pareja es una escalada en la que se empieza con un insulto o un bofetón que ella nunca responde. Que quede claro que no quiero banalizar en absoluto la cuestión de la violencia machista y que no estoy sugiriendo que la respuesta a la misma sea devolver los golpes, en absoluto. Pero sí creo que muchos de los hombres que pegan a sus mujeres no son especialmente fuertes ni son valientes, ni pegarían a nadie si pensaran que ese alguien puede resistirse. Pegan a una mujer porque saben que pueden, porque ella está completamente desempoderada, también físicamente.

Conozco bien los mecanismos psicológicos que llevan a muchas de estas mujeres a no abandonar a sus maltratadores, a no denunciar, a no devolver los golpes; conozco lo que nos hace el amor romántico, la dependencia afectiva y material, etc. Comprendo que hablamos de un sistema naturalizado que se hace invisible, que se manifiesta en lo simbólico, en lo psicológico, en la autoconstrucción personal, que a menudo no percibimos como sistema de opresión; que se manifiesta en muchos pequeños actos cotidianos frente a los que es difícil rebelarse, que implica a la familia, a personas queridas, a los hijos e hijas. Comprendo que la represión que ejerce contra las mujeres que responden a las agresiones ha sido históricamente terrible y aun ahora es terrible en muchos lugares del mundo. Y el feminismo hace mucho por combatir todo esto. Sólo afirmo que, como parte de nuestra lucha feminist,a tenemos que aprender a situarnos en el mundo con una corporalidad empoderada, potente, valiente y consciente; que eso contribuiría –solo contribuiría- a cambiar algunas cosas.

Y de todas maneras, vuelvo a la pregunta del principio. Más allá de la violencia machista particular, ¿por qué razón las mujeres nunca, jamás, se han organizado y tomado las armas para defenderse, al menos en situaciones extraordinarias? Esa pregunta me revolotea por la cabeza sin que pueda encontrarle respuesta. ¿Nunca?

Fuente: Píkara Magazine

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada