21 abril 2014

Ni tan cerca, ni tan lejos… nuestro espacio personal

Por Alejandra Buggs Lomelí*

Cuando vamos en transporte público sentadas al lado de personas desconocidas o en un elevador, generalmente la sensación que experimentamos es de invasión e incomodidad, a diferencia de cuando estamos con nuestra pareja, familia o amistades. No nos importa si están demasiado cerca físicamente.

Estas diversas sensaciones son resultado de algo a lo que el antropólogo Edward T. Hall, después de largas investigaciones sobre lenguaje no verbal, llamó proxémica.

La proxemia se refiere a la percepción que las personas tenemos de nuestro espacio físico y al uso que hacemos del mismo, así como y con quien utilizamos nuestro espacio íntimo, personal, social y público.

Todos los animales buscan su seguridad y los seres humanos no somos la excepción.

Por ejemplo, el instinto de preservación de los animales hace que se mantengan a la defensiva y marcan una distancia de seguridad que depende de dos elementos básicos: por un lado, de qué tan fuerte es la amenaza, y por otro, del propio entorno, es decir de qué tanta seguridad le proporciona el ambiente que le rodea.

Con las personas sucede el mismo fenómeno de manera cotidiana, cuando nos establecemos en relaciones de pareja, amistad, familiares o vínculos en general.

Buscamos y marcamos una distancia que nos proporcione no sólo seguridad sino confianza; esta distancia es diferente de persona a persona, variando de cultura a cultura.

Como por ejemplo, en Suecia la distancia entre persona y persona es más grande de lo que se acostumbra en Latinoamérica, donde la distancia personal promedio es de 50 centímetros.

Esa distancia de seguridad y confianza se llama espacio personal, y se entiende como el “espacio virtual” o como yo le llamo “la burbuja emocional” que rodea a las personas.

Este espacio nos permite interactuar con las y los demás de manera adecuada y cómoda, de acuerdo con las circunstancias.

Pero ¿qué pasa cuando alguien invade nuestro espacio personal? Es decir, cuando no le hemos invitado a entrar...

Cuando este espacio es invadido, tanto mujeres como hombres podemos experimentar sentimientos de malestar, incomodidad, agitación, tensión física, angustia, ansiedad e incluso enojo.

Sin embargo, existen algunas diferencias de género, porque desafortunadamente, las mujeres toleramos más la invasión de nuestros espacios íntimos, como resultado del mandato de género de ser y estar para los otros y otras, aun cuando podamos sentirnos violentadas.

Es por ello que es importante que como mujeres conozcamos nuestro espacio personal y lo respetemos para poder poner límites.

Es natural y esperado que si en algún momento invadimos la privacidad de alguien, esa persona restringa más su espacio personal por la misma incomodidad; si por el contrario no invadimos su espacio personal, entonces bajará sus defensas permitiéndose un espacio más amplio.

Seguramente a estas alturas del artículo podrán preguntarse: ¿Cómo saber cuál es la distancia de mi espacio personal? ¿Cuál es la distancia de las demás personas con quienes me relaciono?

La distancia que mantenemos para relacionarnos con otras personas conlleva siempre un significado psicológico.

Las investigaciones de Hall, aunque fueron hechas con población de Estados Unidos, bien pueden adaptarse a nuestro contexto cultural y reflejan los tipos de distancia de interacción a las que llamó subcategorías del espacio personal. El investigador encontró cuatro diferentes tipos de interacciones:

La primera es la distancia íntima, que es la que establecemos en las relaciones amorosas, de hijas e hijos con sus mamás y papás, en las relaciones íntimas de amistad y son interacciones basadas en el contacto físico. Se establecen a una distancia de 0 a 45 centímetros.

La distancia personal es la segunda forma de interacción, en la que las y los interlocutores están separados por distancias de entre 45 y 120 centímetros. Es la distancia acostumbrada en las conversaciones cercanas, relajadas y en las que se mantiene un tono de voz suave.

La tercera es la distancia social, en la que la separación entre las personas es de entre 1.20 y 3.50 metros. En este tipo de distancia las relaciones son más impersonales como por ejemplo cuando nos relacionamos con la empleada de una tienda departamental.

Por último, la distancia pública que es de 3.5 a 7 metros o más y se establece en contextos exclusivamente sociales como en un mitin, o en una conferencia cuando la o el ponente interactúa con las y los asistentes.

Nuestros diferentes comportamientos según nuestro espacio personal están ligados a la satisfacción de necesidades importantes, como por ejemplo mantener nuestra identidad personal e independencia, por lo que una invasión de nuestro espacio puede ser vivida como una gran intromisión o una violación.

Tener conciencia de cuál es nuestro espacio personal nos permitirá definir qué grado de intimidad queremos establecer en nuestras relaciones interpersonales.

Por lo que si marcamos una distancia considerable con alguien, estaríamos comunicando que no deseamos una relación con esa persona o que no deseamos tanta cercanía.

Si por el contrario esa distancia la acercamos, estaremos comunicando que deseamos mayor intimidad.

Definitivamente la distancia personal es un elemento que nos permite identificar el grado de privacidad que queremos en una determinada interacción.

Es una forma que utilizamos para decidir qué tan cerca o qué tan lejos queremos relacionarnos con diferentes personas.

También el espacio personal permite establecer relaciones muy íntimas y de confianza, así como también se convierte en una burbuja que nos protege especialmente de aquellas personas que no deseamos cerca y que podrían hacernos daño.

De ahí la gran importancia de conocer y respetar siempre nuestro espacio personal.

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*Psicoterapeuta Gestalt, especialista en Estudios de Género, directora del Centro de Salud Mental y Género.

Fuente: CIMAC

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