16 mayo 2014

RAE: cambios mínimos

Por Sarah Babiker

La Real Academia Española decidió aggionarse un poco –aunque nunca mucho- para la 23ª edición de su diccionario, que será conocida a fin de año. Incluyó el término “feminicidio”, a pedido de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, y decidió quitar algunos términos sexistas. Sin embargo, se resiste aún a la inclusión de palabras que forman parte del vocabulario cotidiano, como género o violencia de género, continúa manteniendo definiciones y ejemplos sexistas, y apenas modifica las condiciones de producción de la institución: sólo 8 mujeres han ocupado algunos de los 46 sillones de la RAE en los últimos 300 años.

En los juegos en el cementerio, los personajes de la novela Rayuela se servían de un diccionario para realizar casi excavaciones arqueológicas de palabras anacrónicas con las que combinar frases imposibles. Cortázar no mencionaba el diccionario de la Real Academia Española, pero sí esa idea de libro-autoridad que refleja el castellano para preservarlo del paso del tiempo corriendo el riesgo de convertirse en un camposanto donde nada se mueve.

Si el idioma tiene sus tiempos, las instituciones que se arrogan la labor de preservarlo también tienen los suyos. Para ir a lo concreto, el término feminicidio apareció por primera vez en castellano en la traducción de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde de la obra “Femicide. The politics of killing women” de Diana E. Russell y Jill Ratford en 1992. Un concepto que, implica la misoginia subyacente a la violencia contra las mujeres y la complicidad de un Estado que no las defiende. Así el término feminicidio poblará los discursos de los movimientos feministas, los ámbitos académicos, y las legislaciones de varios países latinoamericanos.

Más de 20 años después la Real Academia Española cuyo objetivo es, según sus estatutos de 1993 “velar por que la lengua española, en su continua adaptación a las necesidades de los hablantes, no quiebre su esencial unidad” incluirá la palabra feminicidio en la 23ª edición de su diccionario, cuya salida se prevé para el próximo octubre. Tania Diz, investigadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la UBA, se pregunta por los tiempos de la Academia “creo que básicamente es una institución conservadora razón por la que se resiste bastante a los cambios (…) recién ahora la presión de las feministas fue tal que fue necesario hacer visible y ponerle un nombre a la violencia contra las mujeres, entonces, se les vuelve inevitable incorporar al menos algunos términos, a pesar del peso del patriarcalismo intrísenco.”

El nuevo diccionario de la RAE será publicado en ocasión del tercer centenario de la institución. “Tres siglos de machismo y misoginia militante”, afirma la escritora y periodista feminista española Nuria Varela. Lo cierto es que sólo ocho mujeres han ocupado una de las 46 sillas de la Academia a lo largo de su historia, quedando para el recuerdo los tres rechazos sufridos por la autora gallega Emilia Pardo Bazán, o la misma María Moliner, autora del diccionario que lleva su nombre.

De hecho, el modo en el que se ha incorporado el término feminicidio ha entibiado la recepción de lo que podría haber sido una victoria. Para empezar deja fuera de la definición el término cercano femicidio, sin desambiguación que permita entender la elección de uno frente al otro, siendo el segundo un término de uso frecuente también en varios países latinoamericanos, entre ellos Argentina. Tanto Diz como Varela no creen que esta omisión tenga mucha relevancia. “Puede tener consecuencias a nivel social pero no a nivel académico o jurídico ya que para la academia la RAE no es una fuente principal de aportación de conceptos” recuerda la primera, mientras que la española subraya que “la RAE cada día tiene menos autoridad”. Pero sobre todo, la Academia deja fuera el género de la definición, así incorpora un término nacido del enfoque de género, prescindiendo del enfoque de género.


Los procesos de la institución no siempre son tan lentos. Varela recuerda cómo, ante la inminente aprobación de la Ley contra la Violencia de Género de 2005 en España, “la RAE hizo un informe de urgencia (curioso para los tiempos que usa) y sin que nadie se lo hubiese solicitado con la intención de evitar que se usara género en el nombre de la ley. (…) sabía que si se ponía género en la ley, obviamente se popularizaría su uso y tarde o temprano tendría que aceptarlo. A pesar de que así ha sido (y estamos a punto de cumplir 10 años de la aprobación de la ley) continúa negándose a aceptarlo. Defiende la expresión violencia doméstica precisamente para quitar la carga política y la definición real de violencia de género”.

En este informe sobre la expresión “violencia de género” la RAE problematizaba la traducción de la expresión gender-based violence arguyendo que “resulta obligado preguntarse si esta expresión es adecuada en español desde el punto de vista lingüístico y si existen alternativas que permitan sustituirla con ventaja y de acuerdo con otras fórmulas de denominación legal adoptadas por países pertenecientes al área lingüística románica y con el uso mayoritario de los países hispanohablantes”. Tras una breve reflexión basada en búsquedas en google y comparaciones con el inglés, la Academia concluyó que donde feministas, cientistas sociales, y activistas por la igualdad decían género se debería decir sexo en español, animando al gobierno Zapatero a rectificar el nombre de la ley.

Pero no es la única batalla lingüística que la academia ha tenido con los planteos sensibles al género. En el informe de 2012 “Sexismo Lingüístico y la visibilidad de la mujer” avalado por el pleno de la RAE, criticaba las guías de lenguaje no sexista promovidas por diversas instituciones universitarias, políticas o sindicales, poniendo en duda su autoridad en la materia pues “sus autores parecen entender que las decisiones sobre todas estas cuestiones deben tomarse sin la intervención de los profesionales del lenguaje, de forma que el criterio para decidir si existe o no sexismo lingüístico será la conciencia social de las mujeres o, simplemente, de los ciudadanos contrarios a la discriminación” protestaba el autor del informe, Ignacio del Bosque. “La RAE es un cortijo masculino desde su creación y milita contra una lenguaje inclusivo” resume Varela.

Trescientos años después la Academia reconoce la ausencia de mujeres y anuncia que seguramente entrarán más académicas en un futuro. Pero no es solo una cuestión numérica, Diz advierte que asumir que las mujeres son más sensibles al género “es un argumento riesgoso porque supone que hay identidades sexuales fijas y estas presuponen pensamientos. Mujeres académicas con la formación tradicional y sin consciencia de género, van a reproducir – de hecho reproducen- lo mismo que los hombres o quizás con más énfasis dado que pueden tener el complejo del converso”.

Dejar el concepto género fuera del diccionario es una opción ideológica que desiste de reflejar lo que ya es uso común en la lengua española y además desmerece todo la elaboración teórica feminista. Las disputas por el poder se juegan también en la lengua. Defendiendo su plaza, la RAE se aleja de las sociedades cuyo idioma afirma preservar mientras mantiene en su diccionario, cuan camposanto de sentidos, múltiples acepciones machistas en desuso. Como lo expresa más contundentemente Nuria Varela, la RAE “primero estuvo cerrada a las mujeres y ahora que ha aceptado a un puñado de académicas permanece cerrada a la teoría feminista y a toda la tradición intelectual generada por ella.”

Fuente: Comunicar Igualdad

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